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Cementerio
Indice del artículo
Cementerio
La colonia de suizos valesanos de San Jerónimo Norte
La organización física general del cementerio
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Introducción

En el estudio de los orígenes y desarrollo de la Humanidad, la arquitectura es el medio propicio para aproximarse a una comprensión de la cultura de las sociedades dentro la dinámica intelectiva de los cortes y discontinuidades cronológicas e ideológicas como también del desarrollo de la sensibilidad frente a las cualidades morfológicas y fenomenológicas de los espacios generados. A su vez, la arquitectura “es algo que trasciende la mera construcción y que está más allá de la materialidad de la obra...”

Así como la Historia de la Arquitectura se inició con el estudio desde el nivel objetual evolucionando en la inserción de la obra en una visión estructural de los ámbitos donde se desarrolla y modifica la vida social, la Conservación del Patrimonio, tuvo origen en la apreciación del monumento. El monumento en su calificación dada por sus excepcionales cualidades artísticas y su valía arquitectónica, por su significación y por la naturaleza de sus materiales era importante en sí mismo. Largo fue el proceso por el cual, desde la apreciación del edificio expuesto en un espléndido aislamiento monumental  bajo la pretensión de mostrarlo como era originariamente – lo que permitió no pocos falsos históricos, como en el conjunto franciscano de Santa Fe -, se llegó a la consideración de patrimonio arquitectónico al conjunto edilicio de un centro histórico, de un sector urbano, extendiéndose recientemente a los más modestos productos del devenir histórico de conjunto social.

Desde la Prehistoria a la Historia, dioses paganos, ligados a los ciclos naturales, corporizando las virtudes junto con los defectos de los seres humanos, y el Dios Único de hebreos, cristianos e islámicos, entroncándose en el devenir de la vida desde lo supraterreno, fueron la base de organización de las estructuras materiales necesarias para simbolizar la finitud de la existencia humana. La arquitectura funeraria de todos los tiempos presenta al hombre creando testimonios de su paso en la tierra en el intento de alcanzar la intemporalidad e inmortalidad atribuidas a la divinidad. Los cementerios monumentales de la Europa latina muestran en sus estructuras físicas los diferentes estratos económicos y sociales de las comunidades que los construyeron, revelan el pensamiento preponderante en las clases ilustradas y las costumbres decimonónicas que se complacen en la atracción y la repulsa del drama necrológico petrificado en los personajes y ornamentos de las construcciones funerarias. A la vez, el número y riqueza de sus monumentos proclaman los desbordes económicos en pos de una figuración de la honra del muerto que, quizá en vida, se hubiese sopesado más adecuadamente.

Considerando “que el Siglo XIX abarcaría, ideológica y arquitectónicamente, desde 1770-1780 hasta 1920 – 30... [período en el que] la difusión de la corriente internacional de la arquitectura moderna, hacia 1930, marcaría su finalización”  , es posible situarse en Argentina durante ese período en el cual importantes necrópolis – La Recoleta (Bs.As.), San Jerónimo (Córdoba), La Piedad (Rosario), los Cementerios Municipales de Santa Fe y Paraná, entre otros -, consolidados entre 1880 y 1930, evidencian a primera vista magníficos ejemplos en cuanto al diseño arquitectónico, la ornamentación escultórica, las imágenes simbólicas. Pero también en aquellos de los poblados modestos de la colonización gringa del oeste santafesino se observa una arquitectura estentórea en su escala, con un dejo de vetustez y cierto abandono frente a la desacralización de la muerte en estos tiempos de consumo y gozo de los placeres propios de la vida mortal.

El cementerio de San Jerónimo Norte (Santa Fe) -población de menos de 10.000 habitantes- permite estudiar esta arquitectura singular, asumiendo que está latente en la comunidad sumarse a la tendencia cada vez más generalizada de suplantar los antiguos camposantos por el cementerio parque.


La colonia de suizos valesanos de San Jerónimo Norte

Las últimas décadas del siglo XIX condensaron en Argentina un tiempo de extensas luchas internas por lograr la Organización Nacional y la estructuración política sustentada en los ideales republicanos y liberales, a semejanza de lo ocurrido en algunas naciones europeas. Se deseaba fervientemente llegar a ostentar la grandeza alcanzada por Inglaterra y Francia, las que se habían constituido en países hegemónicos en cuanto a la cultura y la economía liberal.

Finalmente, la imposición de este pensamiento rector se tradujo en un período prolongado de paz y riqueza económica y, en consecuencia, en un volumen considerable de obra construida. Las nuevas necesidades edilicias –oficiales: escuelas, sedes de los gobiernos nacional y provinciales, hospitales, de infraestructura: puertos, ferrocarriles, servicios urbanos-, sumando a los de la Curia y las órdenes religiosas, surgieron en todo el territorio argentino configurando la imagen de un Estado ordenado coherentemente hacia el progreso.

La masa inmigracional que llegó al país favorecida por los postulados de la Constitución de 1853 buscó la posibilidad de acceder a la propiedad rural que se les ofrecía a través de los sistemas de colonización impulsados por el Gobierno Nacional. En las nuevas etnias incorporadas surge el fenómeno de la adaptación al medio, la paulatina incorporación de las estructuras económicas propiciadas por la agricultura, las modificaciones de hábitos y el gradual ascenso social otorgado por la aceleración de la urbanización, ya sea en ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario, como también por la multiplicación de los núcleos urbanos de las colonias agrícolas que modifican definitivamente la geografía política argentina. La colonia San Jerónimo Norte   (1857/58) fue organizada para dar lugar a los inmigrantes imposibilitados de acceder a las concesiones de Esperanza (establecida en 1856 fue la primera colonia agrícola que prosperó en el territorio provincial y nacional) por estar todas ocupadas, generándose una inmigración espontánea de colonos suizos montañeses, católicos y que,  “... a pesar de que no pertenecía en general a la clase de agricultores en su país, son sin embargo intelijentes (sic) é (sic) industriosos”

Uniendo filantropía y especulación económica, un comerciante de origen inglés, Ricardo Foster   – sindicado como el fundador de la colonia - ofreció los terrenos que había adquirido sobre la margen occidental del río Salado, hacia el oeste del poblado de Santo Tomé y en proximidades de la reducción aborigen de San Jerónimo del Sauce. La iniciativa no prosperó y Foster concluyó que era más acorde a las circunstancias contratar familias europeas que depender de una aleatoria inmigración. Hacia 1865 llegaron alrededor de 40 familias aunque entre 1871 y 1878 la cantidad de nuevos vecinos decreció. Pese a esllo, se asentó definitivamente el patrón cultural del cantón del Valés, conservador a ultranza de las costumbres y tradiciones propias.

3. El cementerio de la colonia: consideraciones históricas

Entre los valesanos, la religión católica era un elemento de amalgama fundamental ya que “... podemos dar por sentado que en el siglo XIX no se han producido en el Alto Valés emigraciones motivadas por conflictos religiosos porque todos sus habitantes profesaban unánimemente el credo católico, y la reforma protestante, salvo algunos casos esporádicos acontecidos en el siglo XVIII, nunca logró prender en el alma de los valesanos”.”

Este es el motivo por el cual luego de la determinación del sitio preciso para la construcción de la iglesia y de la escuela por parte del Departamento Topográfico, la obra del cementerio se inició inmediatamente, ya que “... el 7 de agosto de 1865, se delimitó la fracción de tierra que se destinaba par el campo santo y el 20 de setiembre se depositó en su suelo el primer cadáver que fue [el de] Catalina Perrig. El acta de defunción existente en el archivo parroquial dice: ‘En el año del Señor de mil ochocientos sesenta y cinco, día veinte  de setiembre fue sepultada en el cementerio de esta colonia de San Gerónimo, Catalina Perrig. F. Federico Tewes. Misionero Apostólico’  ”

En su origen, el cementerio era sencillo, sin mayores ornamentos que una cruz de madera en el centro y limitado por un cerco de madera. Hacia 1883 se edificó una capilla en medio del cementerio y en 1885 se ubicó un via crucis sobre el perímetro que luego, ante los deterioros posibles de sufrir por estar a la intemperie, se retiraron las escenas y se llevaron al interior de la capilla. Los testimonios orales recogidos en el poblado cuentan que en las primeras décadas del siglo XX, dos familias, la de Salomón Jullier y la de Federico Zurbriggen,  comenzaron a levantar panteones –que enfrentan sus ingresos- sobre la actual calle principal del cementerio. Se enfilan luego, los de  las familias de José Jullier, Ignacio Bistchin, Basilio Barlatey y otros, configurando una calle paralela al muro que separaba el campo santo de las fracciones circundantes, con lo cual, los ingresos a los edificios funerarios se ubicaron enfrentando al poblado. Una práctica, quizá extraña para la común disposición de los cementerios, pero con una intencionalidad – consciente o no - que en la actualidad permite observar, desde el pueblo, un perfil recortándose sobre el fondo del cielo más acorde a una ciudad que a un cementerio.


3.1 La organización física general del cementerio

En el cementerio de San Jerónimo Norte, actualmente, es posible visualizar una forma correspondiente a los valores condicionantes de la tradicional fe católica decimonónica, la cual ha tendido a la búsqueda de una atmósfera silenciosa y de recogimiento sacro para estos sitios en general y a establecer en la resolución arquitectónica líneas principales de solemnidad y monumentalidad en los edificios fúnebres. Este cementerio se desarrolla merced a una composición regulada por un trazado rigurosamente geométrico en el cual predomina lo construido, lo artificial, por sobre los espacios libres destinados a recibir las sepulturas por inhumación. Los panteones individuales destinados a los integrantes de una familia compartiendo los parentezcos sanguíneos o políticos, se insertan con formas arquitectónicas independientes en sí mismas, aunque sucesivamente dispuestas en conjuntos lineales.

Los principales edificios originaron una línea paralela al poblado que asume una condición de monumentalidad en cuanto a la síntesis espacial y unidad compositiva difícil de encontrar en otros lugares, caracterizados por un desenfrenado individualismo de las construcciones funerarias que ha impuesto un enfático formalismo dentro del eclecticismo propio de los cementerios decimonónicos. La estructura esencial de la organización física del cementerio en estudio es un cuadrilátero dividido en cuatro sectores por las dos calle más anchas, las cuales se intersectan frente a los panteones de Salomón Jullier y de Federico Zurbriggen, considerados por vox populi como los fundadores   de esta nueva imagen edilicia funeraria.

Cada uno de los sectores de dimensiones distintas, contiene sepulturas combinando las ideas de túmulo individualizado con una placa vertical, semejante a las antiguas estelas funerarias griegas, con la de panteones aislados, ya sean edificios monumentales o como volúmenes menores más simples y estructurados según la cantidad de nichos superpuestos que contengan. La característica actitud de recogimiento y clausura dentro de los límites físicos en San Jerónimo Norte no se aplica fielmente puesto que la línea fronteriza del sector que enfrenta a la zona urbanizada, se torna permeable a la vista y al acceso peatonal entre la sucesión uniforme de modernos panteones de reducidas dimensiones y el sector destinado al acceso y permanencia de los vehículos. La parte más antigua del cementerio la conforma también el perímetro del campo santo que se aísla por una yuxtaposición de panteones y galerías de nichos de diversa factura cronológica. Este cierre continuo remite al modelo imperante en la mayoría de los cementerios tradicionales donde las tumbas se apoyan y forman por sumatoria el límite físico que divide la ciudad de los muertos del entorno circundante: la campaña o la ciudad viva, según sea la ubicación en que se encuentra actualmente.

3.2 Consideraciones paisajísticas del conjunto arquitectónico

Desde el examen visual, el cementerio de San Jerónimo Norte cualifica el paisaje de llanura que lo rodea. Con su silueta recortando el firmamento, configura un último plano contundente en la perspectiva de la calle que une en un eje rectilíneo los conjuntos de puntos focales plaza - iglesia - cementerio. De este modo, las bóvedas de la necrópolis se proyectan al espacio urbano como puntos focales prominentes en el cierre de la calle Belgrano, caracterizan la línea del horizonte del poblado y dan singularidad a la percepción de la masa urbana. El paisaje urbano del poblado se enriquece con una fuerte sensación de encuentro entre los edificios destinados a albergar la vida y la muerte en una medida que no excede los principios de la escala peatonal conteniendo la sugestión de una dirección importante de movimiento. En similitud a las civilizaciones agrarias de la antigüedad, este cementerio guarda una relación orgánica con la ciudad por ser una referencia obligada, al igual que el templo, de las conductas sociales que rigen al conjunto formado por la ciudad física y su gente.

Éste es el punto de referencia y de identificación del poblado con sus ancestros por lo que el cementerio, con su emplazamiento estrechamente ligado a la configuración de la trama y de la textura urbana, asume la unificación de los significados de individualidad lugareña, incluye las vinculaciones espaciales del objeto con el observador y con otros objetos, a la vez de relacionar en forma práctica o emotiva ambos términos de la correspondencia.

Desde la estética del paisaje construido, se refuerza el carácter inclusivista de la arquitectura del cementerio de San Jerónimo Norte pues permite una lectura intelectiva del espacio ritual de cada sepultura, de los vínculos de sacralidad establecidos entre las estructuras físicas, de los símbolos religiosos que coronan cada templete en movimiento estático de expansión hacia su entorno mediato, del privilegio de la inteligencia de concebir en la imaginación y en conformar en la construcción la certeza de la muerte y su significado espacial. En su armonía ecléctica, el grupo funerario funciona como otro de los hitos   locales y, al tener historia y significado como entidad en sí misma, su valor en los niveles de reconocimiento, de ubicación en la herencia comunitaria sobrepasa la idea de lugar, de topos. Antes bien, es un elemento que caracteriza el paisaje urbano, se incorpora en los datos visivos de la ciudad y forma parte del inconsciente colectivo de la comunidad que le dio origen.

La valía de este paisaje no es en los tiempos actuales aquella que tenía la comunidad de aquel entonces que hizo posible concretar este particular paisaje de arquitectura funeraria. Las conciencias, las influencias y soportes sociales, las interpretaciones mágico-religiosas cambiaron a lo largo del siglo XX, mas las obras permanecen inmutables frente a los cambios, indiferencia o negación de la comunicación del signo y significado dentro del escenario urbano. Los interrogantes se enfocan, entonces, en cómo se desea relacionar la apreciación de la existencia real del cementerio frente a la ciudad.  Ya sea por la destrucción del corpus físico de la idea decimonónica de la muerte y la soledad de los deudos, ambivalente y condicionante en grado sumo, o bien, apelando a la concientización ciudadana para su conservación ante los cambios de una sociedad que aspira a generar el no lugar   para la diferencia individual que constituye y distingue a la persona humana.


3. Cierre

El panteón o bóveda de los cementerios configurados por el Eclecticismo decimonónico, monumentaliza el consenso social de la expresión de dolor y lealtad en atmósferas oscuras pero grávidas de espera pues, bajo el aspecto de un devocionario cristiano muy particular, las tinieblas de los mundos infraterrenales se disiparán en la luz de las esferas celeste esotéricas, las virtudes teologales y cardinales heroicamente lograrán la conjunción quasi perfecta con las cívicas y laicas, y la muerte tomará una negrura más alegórica respecto a la Nada que identificable con el Tártaro o el Infierno. Es que “la morte della coscienza dell’uomo è ben più potenti della volontà degli dei e delle loro leggi”   La arquitectura funeraria resuelta para los panteones principales del cementerio de San Jerónimo Norte puede ser interpretada en tanto se considere como obra inmersa en una historia que se traslada de generación en generación y que tiene sus antecedentes en aquellas construcciones tradicionales, las cuales proporcionaron a los teóricos los fundamentos para los procesos de clasificación según las resoluciones perpetuadas en la historia de la arquitectura.

Este particular patrimonio arquitectónico no es posible de examinar como un complejo de objetos singulares. Sí como un conjunto que se empobrece paulatinamente por estar sujeto a los ritmos irregulares de los conceptos sostenidos por el modus vivendi secular y de las determinaciones de los comitentes, además de ser sometido a las mutaciones de ideas y pensamientos religiosos, ideológicos, sociológicos. Reclama el cuidado y reconocimiento de su carácter, activo y cambiante – aunque asombre manifestarlo de este modo - en la continuidad del proceso cultural de los distintos estratos sociales, en la complejidad de la valoración de los escenarios ideales de la realidad concreta e ineluctable que es la muerte.

Finalmente, su valor reside en la totalidad de las elecciones, las decisiones y las potencias operativas que lo fundan y lo mantienen en su condición de testigo ineludible de la construcción histórica del hábitat creado por el hombre para sí mismo, en la vida y en la muerte.

Autor: Ruben Osvaldo Chiappero. Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Magister en Conservación, Preservación y Restauración de Monumentos y Sitios. Catedrático de la Facultad de Arquitectura (U.C.S.F.) y en la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Autor de libros y artículos sobre arte y arquitectura publicados en Argentina, España y México.

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